Esta tarde nos unimos en un justo ejercicio: celebrar a un autor de desmesurada grandeza literaria, latinoamericano desde su condición de colombiano, y universal desde sus raíces latinoamericanas.

Durante 87 años de fecunda vida, Gabriel García Márquez pasó de los periódicos de Cartagena y Barranquilla hasta los salones de la Academia Sueca, y de las tramas seductoras ancladas en la magia local, hasta la decantación que conduce a la esencia de lo humano.

Su vocación narrativa se nutrió de un entorno múltiple, rico y contradictorio, y se afinó como oficio en el ejercicio sistemático de la observación, la fabulación y el estilo.

Pocos, como él, han recreado y reinventado literariamente, con tanta maestría, esa “tierra de asombro” latinoamericana a la que una vez se refirió el maestro Alfonso Reyes.

Lo hizo escarbando en la tierra, las historias y la gente de su natal Aracataca trocada en Macondo; siguiendo las obsesiones de amantes y patriarcas sumidos en la senectud o paralizados tras la mueca del poder absoluto; documentando casos límites de naufragios, vendettas o secuestros, y sacando de su condición mítica a héroes de nuestra historia, para liberarlos como personas con angustias, conflictos y obsesiones.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”, nos ha recordado el preciso Jorge Luis Borges. García Márquez jugó sin cesar con los volúmenes de la memoria y el lenguaje, y reordenó los espejos que, desde ángulos diversos, reflejaron su imaginación y sus recuerdos.

Produjo, así, una literatura que, por innovadora, inesperada y subyugante, ha llegado a ser canónica.
En reconocimiento de esa impronta, añadimos hoy nuestro tributo a los muchos que acompañaron su vida y se proyectan más allá de su muerte.

Ninguno de esos reconocimientos ha tenido tan extendido eco como el Premio Nobel de Literatura, que le otorgó la Academia Sueca en 1982 “por sus novelas y relatos cortos, en los que lo fantástico y lo real son combinados en un tranquilo mundo de imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente”.
Fue el quinto latinoamericano en recibirlo, tras Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. Luego han seguido otros dos de los más grandes: Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. Y junto a ellos destaco, también, a los caribeños universales Derek Walcott y V.S. Naipaul.
La obra de García Márquez es erupción y, a la vez, remanso de identidad colectiva. De ella, como de la creada por otros emblemáticos autores de nuestra América plural, se han nutrido –sea por adhesión, rechazo o diferenciación– nuevas generaciones de escritores, con nuevos lenguajes, nuevas sensibilidades, nuevas inquietudes y nuevas propuestas.
Vivimos, ahora, otra etapa de innovación literaria latinoamericana, impulsada por creadores que abordan la identidad desde las fragmentadas experiencias de lo contemporáneo. A ellos rendimos tributo cotidiano con la lectura de sus obras.
Pero la fuerza creativa de García Márquez mantendrá su luminosidad junto a las pasadas, las actuales y muchas otras generaciones literarias que vendrán.
Al honrarlo, las Naciones Unidas, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y el Grupo de Amigos del Español, honramos tanto a la tradición como a la ruptura; a lo más profundo de nuestros referentes culturales, pero, también, a la libertad de búsqueda de lo nuevo que, quizá, llegue a ser mejor.
Muchas gracias.

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